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París bien vale un Maratón

Fecha: 16/04/2019 12:02:16
Categorías: Carreras Populares

Crónica que Roberto Mesa, Urban Runner, sobre su participación en la Maratón de París.

El domingo 3 de abril de 2016 comenzaba para mí a las 5:45 de la mañana. La hora de la salida del maratón parisino eran las 8.45 para la élite y las 9.20 para un corredor humilde como yo. Quería desayunar algo más de tres horas antes de mi salida para evitar problemas de estómago en carrera.

A la salida me acompañan Sergi, Judith y Guillermo, que quieren vivir el ambiente pre carrera y ver cómo los Campos Elíseos se llenan de corredores y público para quedarse vacíos de corredores tras el pistoletazo de salida.

Cogemos el metro esperando que no haya mucha aglomeración y que no pase nada extraño (el viernes, camino a recoger el dorsal, tuvimos que desalojar la línea por un paquete sospechoso).

El Arco del Triunfo

Todo se desarrolla en perfectas condiciones y en unos 20 minutos paramos en Charles de Gaulle para encontrarnos con el Arco del Triunfo, testigo directo cada año de una salida espectacular. Estoy muy nervioso, más que en circunstancias normales antes de cualquier otro maratón. El motivo es que el viernes y el sábado hicimos turismo a lo bestia por París y tenía las piernas muy cargadas.

Sabía que me iba a pasar factura; la duda era hasta dónde me iba a influir. Pero ya que estaba en París no me iba a quedar en el hotel a verlas venir, ¿no? Se acerca la hora de la salida élite y me despido de mis compañeros (gracias por la compañía en esos momentos), que se van a ver la salida.

Yo me meto en mi cajón. Aunque quedan 35 minutos para que me toque salir, prefiero entrar ya y empaparme del ambiente y estirar un poco.

Plaza de la Concordia

Si miras hacia delante, Plaza de la Concordia con su gran obelisco. Si miras para atrás, el Arco del Triunfo. París es una ciudad impresionante y tengo muchas ganas de empezar a correr. La megafonía es en francés, inglés y español. Están empezando la cuenta atrás para dar la salida de los profesionales, esos que corren a menos de 3’/km y que nos parecen de otro planeta.

El disparo y la canción de “Carros de fuego” nos señalan que la fiesta ha comenzado. Tras la salida de la élite van saliendo los demás cajones de manera escalonada y ordenada. Gracias a esto podemos decir que en París, pese a correr junto a 50.000 personas más, no hay agobios ni hay problemas para moverse sobre el terreno. Se acerca la hora de salir. Cuando sale el cajón de delante nos hacen caminar hasta que los primeros se colocan bajo el arco de salida.

La música no para tras la primera salida y eso hace que sigas metido de pleno en los nervios existentes antes de cada carrera. El ambiente no se enfría. Diez minutos después de lo esperado, paso por el arco de salida. Ya está. Ya estoy metido en la carrera, hasta el cuello. Es hora de relajarse, de pensar en lo bonito que va a ser. El tiempo de sufrir y de pensar en lo que queda ya llegará.

Campos Elíseos

Se empieza sobre los adoquines de los Campos Elíseos, cuesta abajo. Correr sobre adoquines es algo incómodo, pero no me voy a quejar, sería de bobos. Ese escenario te hace sentir profesional y recuerdas que por ahí pasan los que logran llegar a París en el Tour, cuando ya todo son risas y el ganador ya bebe champagne.

Antes de completar 1.500 metros ya llaneas y pasas por Plaza de la Concordia. A la derecha queda el obelisco de Lúxor que Egipto regaló a Francia allá por 1830. Los próximos 3,5 kilómetros son por la Rue de Rivoli. La gente se agolpa en las aceras animando ya en los primeros kilómetros.

Plaza de la Bastilla

En el quinto encontré una de las escenas imborrables de este maratón: el paso por la Plaza de la Bastilla. Pese a que al principio la gente está alejada de los corredores por las vallas de seguridad, el jaleo es brutal. Y cuando rodeas la plaza y vas a salir, la gente está agolpada y el paso se va estrechando, como podemos ver en el propio Tour.

Te dejan un pasillo en el que te sientes tan profesional como los que te van a sacar más de dos horas en la general. Dosis de energía que hará falta más adelante. Una vez dejas la Bastilla, el recorrido no ofrece nada de lo más famoso de París. Pero tiene mucho encanto correr por zonas que seguramente los turistas nunca pasen. Edificios antiguos e imponentes son en ese momento testigos de nuestros pasos, aparte del público congregado en las calles, que no es poco.

Bois de Vicennes

En el kilómetro 9 llego al primero de los dos bosques por los que voy a tener que pasar para completar la carrera. Es el Bois de Vincennes. Y es espectacular. Césped, lagos, senderos por donde va corriendo la gente, quién sabe si preparando la próxima maratón de París. Y aquí el perfil de la prueba comienza a subir. Tras unos primeros kilómetros por Vincennes, las cuestas y la falta de animación (las zonas de bosque es donde baja la presencia de gente animando) comienzan a pasar factura. Deseas volver a ver la ciudad cuanto antes.

En Vincennes entras en el kilómetro 9 y sales en el 19. Aunque había algunas bandas musicales para amenizar el paso, esta zona se me hizo eterna. Al menos tras hacer los primeros cinco o seis kilómetros ahí dentro. Veo el 19 y volvemos a la ciudad. El desnivel comienza a bajar un poco y el calor aprieta.

Ha salido una mañana totalmente soleada y sin apenas nubes, tras llover gran parte del sábado. El primer punto psicológico está al caer y su proximidad me lo anuncia una meta volante que se ve a lo lejos.

El kilómetro 21,1

Estoy a punto de completar la mitad de la carrera y pasar por el 21,1. Miro el reloj tras pasar y veo que estoy siguiendo el ritmo calcado de los entrenamientos, eso me da confianza. Las piernas, contra todo pronóstico, van bien. No siento la fatiga de las dos caminatas de viernes y sábado. El dolor de la lesión que he arrastrado durante toda la preparación no aparece.

Casi en el kilómetro 23 volvemos a pasar por la zona de la Bastilla pero por el lado contrario. El recorrido va dejando la vía principal. Entramos en un camino que nos va a llevar a recorrer durante unos cinco kilómetros los túneles del río Sena. Es un momento complicado de carrera. Primero porque las piernas se empiezan a quejar, y segundo porque el paso por los túneles es un sube y baja constante.

Las cuestas que esperan al final de cada túnel tienen mucho desnivel. La gente se agolpa en los puentes que cruzan el río y animan junto a los que están en los costados. Es momento de apretar los dientes y ser conscientes de que queda lo más duro, pero también lo más bonito.

La Torre Eiffel

Diviso la torre Eiffel, aunque se ve casi desde que sales de Vincennes, pero esta vez se ve muy cerca. Sé que en el kilómetro 29, al lado de la torre, me esperan mis siete compañeros. Tengo muchas ganas de verlos y afronto el paso por los túneles con mucho optimismo.

A la izquierda voy dejando Notre Damme. La vista es espectacular desde ahí y hay carteles que nos anuncian que miremos a la izquierda para contemplarla. Más adelante queda Orsay. La salida de los puentes es especial. Tras unos momentos de casi total oscuridad, a la salida encuentras una cuesta y un montón de gente. El público que sabe que son momentos duros te anima con muchas ganas.

Estoy llegando al kilómetro 29 y abro los ojos más que nunca. Sé que mis amigos están por aquí y necesito verlos.

Mis amigos

A la izquierda está la torre Eiffel, que no puedes dejar de mirarla asombrado porque correr a su lado es muy especial. Y un poco más adelante miro a mi izquierda y, subidos a un muro, están Sergi y Guillermo. Me acerco a chocarles la mano. Me da igual el tiempo que pierda, no he venido a hacer marca y se merecen que me pare con ellos aunque sea 20 segundos.

Me animan. Es un momento especial porque sé que son partícipes de mi carrera, y me hacen falta. Me dicen que los demás están justo enfrente, así que cruzo con cuidado al otro lado de la calle y saludo a Ángela, Judith, Adrián, Dani y Gema, que se han molestado en ir a verme pasar. Me hacen algunas fotos en un escenario sin igual. Les choco la mano y me siguen animando.

Es un auténtico subidón de energía, de adrenalina. Uno no sabe lo que hacen falta esos momentos hasta que no lo vive desde dentro. Prosigo mi marcha. Sé que en el 36 me esperan Judith, Ángela y Adrián. Ese será otro momento para recargar fuerzas. Ahora se acerca el 30, el psicológico 30. El del muro, el de los bajones físicos y psicológicos. El último tramo de carrera.

Creo que el que dijo que la maratón es una carrera de 12 kilómetros que empieza en el kilómetro 30 tiene razón. Intento pensar solamente en llegar al siguiente. Paso el 30 y las piernas pesan, pesan mucho. Pero aun así esperaba ir peor de lo que iba. Me marco un ritmo en el que voy cómodo y empiezo a descontar kilómetros en vez de contarlos.

Bois de Boulogne

En el kilómetro 33 entro en el Bois de Boulogne. Son los últimos nueve kilómetros de carrera. Sé que de Vincennes acabé un poco harto pero también sé que este bosque me acerca mucho a la meta. Vuelve a subir el desnivel. En esta zona hay más animación que en Vincennes. Ahí se han establecido algunas “Fan Zones” y hay gente repartida por casi todo el trayecto. He bajado el ritmo.

Ya soy consciente de que voy a llegar. En los días posteriores, mientras me dolían las piernas de tanto andar, me preguntaba si conseguiría llegar. Ahora sabía que iba a llegar. Dentro de Boulogne sólo quería que llegara el 36 para poder volver a ver a algunos de mis amigos. Con esa idea en la cabeza voy avanzando. Veo el cartel que a anuncia el kilómetro 36 y vuelvo a abrir mucho los ojos. Veo a Judith, a Ángela y a Adrián y me vuelvo a quedar unos segundos con ellos. Me vuelven a animar y Ángela me da una botella pequeña de agua. Llevaba en la mano una del anterior avituallamiento pero iba ya a la mitad.

Todavía quedaban cuatro kilómetros para el próximo y el calor era sofocante. Agradezco esa botella de todo corazón porque consigo llegar al kilómetro 40 con un poco de agua. El cuarto 10.000 ha terminado. Veo el cartel del 40 y ya sólo quedan 2.095 metros. Esos ya se hacen casi sin dolor, sabiendo que espera la recompensa a meses de preparación. Recuerdo las salidas del domingo, las de 25 kilómetros, 28, 30…esas en las que sales sólo y no hay público que te aplauda.

Ni en las que te dan una medalla de finisher. Pero que son imprescindibles para poder contar lo que se siente cada vez que acabas una maratón.

Allez, allez!!

Salgo del Bois de Boulogne. Encaro la Avda Foch, paralela a los Campos Elíseos. Al fondo, el Arco del Triunfo vuelve a ser testigo de nuestras zancadas. Pero esta vez estamos de vuelta. Esta vez le estamos dando la cara y no la espalda. A los lados la gente anima. Allez, allez!!

Las emociones brotan y no sé si reírme, llorar o no hacer nada. Al final creo que hago un poco de todo. Pero lo que no se me olvida es señalar al cielo para dedicarle a él esta llegada. Otra más. Sé que me ha vuelto a ayudar.

Meta!!!.

Por muchas veces que se pueda acabar una maratón, la emoción y el orgullo nunca se pierde. Lo he vuelto a conseguir, pese a los miedos, la desconfianza o lo que pueda deparar una carrera tan larga. Cojo agua, la medalla y la camiseta de finisher y me voy acercando andando hasta la salida del Arco del Triunfo.

Hoy ese nombre está más justificado que nunca, al menos para mí. He quedado el 25.940 entre 50.000. Pero para mí he ganado.

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